MATAR AL PRESIDENTE: EL ASESINATO DE ANTONIO CÁNOVAS DEL CASTILLO por Eduardo Herrerín Torres
La segunda sesión del seminario Matar al presidente estuvo dedicada al análisis del asesinato de Antonio Cánovas del Castillo, una de las figuras políticas más relevantes de la España contemporánea y principal arquitecto del sistema de la Restauración. La mesa redonda contó con la participación de los catedráticos Ángel Herrerín y Eduardo Calleja, mientras que la moderación corrió a cargo de Eduardo Juárez. A lo largo de la conferencia se abordó no solo la figura de Cánovas y su papel en la construcción de un modelo político basado en la estabilidad institucional y la monarquía constitucional, sino también el contexto social y político que rodeó su muerte. En este sentido, se analizaron los orígenes del movimiento obrero español, la difusión de las ideas anarquistas en España, la aparición de la denominada "propaganda por el hecho" y el clima de conflictividad social que caracterizó el final del siglo XIX. Todo ello permitió comprender cómo el asesinato de Cánovas en 1897 no fue un hecho aislado, sino el resultado de una compleja realidad en la que se enfrentaban dos visiones opuestas del orden político y social.

CÁNOVAS DEL CASTILLO
Antes de convertirse en el artífice de la Restauración borbónica y en una de las figuras más influyentes de la España del siglo XIX, Antonio Cánovas del Castillo se formó políticamente en el seno de la Unión Liberal de O'Donnell, partido que ya analizamos en la anterior conferencia. Aquella etapa, marcada por la búsqueda de estabilidad y consenso en una España profundamente dividida, permitió al joven político malagueño desarrollar muchas de las ideas que años más tarde darían forma al sistema político de la Restauración. En sus primeros años políticos, se pudo observar cómo Cánovas apuntaba ya a lo que luego sería la Restauración, defendiendo una opción basada en la conciliación entre las distintas corrientes liberales, la estabilidad institucional y la monarquía constitucional. Su paso por la Unión Liberal le permitió desarrollar una visión política que más tarde culminaría en el sistema de la Restauración, cuyo objetivo principal era evitar las revoluciones y garantizar la continuidad del Estado. Tras el fracaso del Sexenio Democrático, Cánovas se convirtió en el principal impulsor de la vuelta de los Borbones al trono en la figura de Alfonso XII, diseñando un sistema político basado en la alternancia pacífica de los partidos dinásticos y en la supremacía de la monarquía constitucional como elemento de equilibrio. Convertido en el arquitecto de la Restauración, su proyecto proporcionó a España varias décadas de estabilidad institucional, aunque también mostró importantes limitaciones al dejar sin respuesta muchas de las demandas sociales y políticas que acabarían marcando el final del siglo.
LOS INICIOS DEL MOVINIENTO OBRERO
A mediados del siglo XIX, mientras la política española estaba dominada por debates sobre la monarquía, el liberalismo y la construcción del Estado, comenzaba a surgir una nueva realidad social: la de la clase trabajadora. El movimiento obrero nació como respuesta a las duras condiciones de vida que acompañaron a la industrialización, especialmente en Cataluña, donde se concentraba la mayor parte de la industria textil española. Jornadas laborales interminables, salarios reducidos y ausencia de protección social, entre otras, impulsaron a los trabajadores a organizarse para defender sus intereses. Las primeras asociaciones obreras, sociedades de socorro mutuo y huelgas fueron el reflejo de una creciente conciencia colectiva que entendía que los problemas de los trabajadores no podían resolverse de forma individual. Tras la Revolución de 1868, la legalización del derecho de asociación favoreció la expansión de estas organizaciones y permitió la llegada a España de las ideas de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT). A partir de ese momento, el obrerismo español comenzó a integrarse en un movimiento internacional que defendía la mejora de las condiciones laborales y la transformación de la sociedad, sentando las bases de las futuras corrientes anarquistas y socialistas que tendrían una enorme influencia en la historia contemporánea de España.
EL INICIO DEL ANARQUISMO
El anarquismo comenzó a desarrollarse en Europa durante la segunda mitad del siglo XIX como una corriente política y social que rechazaba toda forma de autoridad impuesta, ya fuera el Estado, la Iglesia o cualquier poder considerado opresivo. Inspirado principalmente por las ideas de Mijaíl Bakunin, defendía que la sociedad debía organizarse de manera libre y voluntaria, mediante asociaciones de trabajadores y comunidades autónomas, sin necesidad de gobiernos ni jerarquías. En España, estas ideas encontraron un terreno especialmente favorable tras la Revolución de 1868, sus planteamientos tuvieron una gran acogida entre los obreros catalanes y, sobre todo, entre los jornaleros andaluces, que sufrían duras condiciones de vida y una profunda desigualdad social. Gracias a esta rápida expansión, el anarquismo se convirtió en la principal corriente del movimiento obrero español. A finales del siglo XIX, una parte del movimiento anarquista europeo comenzó a defender la llamada "propaganda por el hecho", una estrategia que sostenía que determinadas acciones, no sólo violentas, podían servir como ejemplo y despertar la conciencia revolucionaria de las masas. Podían ser hechos como no bautizar a tu hijo o negarte pagar el alquiler. La corriente de acción surgió en un contexto de fuerte represión contra las organizaciones obreras y de frustración ante la lentitud de los cambios sociales. Las acciones más violentas fueron llevadas a cabo en contra de los representantes del Estado, la Iglesia o la burguesía, ya que podían actuar como detonantes de una revolución social más amplia. En España durante las décadas de 1890 y 1900 se produjeron atentados de gran repercusión, como el ataque contra el Gran Teatro del Liceo de Barcelona en 1893, símbolo de la burguesía catalana, o el asesinato de Antonio Cánovas del Castillo en 1897.
EL MAGNICIDIO
El asesinato de Antonio Cánovas del Castillo marcó uno de los episodios más impactantes de la España de finales del siglo XIX y simbolizó la creciente tensión social y política de la época. El 8 de agosto de 1897, mientras descansaba en el balneario de Santa Águeda, en Guipúzcoa, fue asesinado por el anarquista italiano Michele Angiolillo. El atentado se produjo en un contexto de fuerte conflicto entre el Estado y determinados sectores del anarquismo, agravado por la dura represión ejercida tras varios atentados anarquistas y, especialmente, después del llamado Proceso de Montjuïc, que llevó a la detención y tortura de numerosos sospechosos. Angiolillo justificó su acción como una venganza contra la represión gubernamental y como un acto de solidaridad con las víctimas de aquellos procesos. La muerte de Cánovas supuso la desaparición del principal arquitecto del sistema político de la Restauración. Al mismo tiempo, reforzó la asociación que muchos contemporáneos establecieron entre anarquismo y violencia política, aunque las acciones terroristas fueron protagonizadas únicamente por sectores minoritarios dentro de un movimiento mucho más amplio y diverso.
CONCLUSIONES
En definitiva, la conferencia permitió comprender que el asesinato de Antonio Cánovas del Castillo fue mucho más que un atentado individual. Su figura representaba el sistema político de la Restauración, mientras que su asesinato reflejaba las profundas tensiones sociales y políticas que atravesaban ya no sólo la España de finales del siglo XIX, sino el mundo. El desarrollo del movimiento obrero, la expansión del anarquismo y el recurso a la violencia por parte de algunos sectores revolucionarios muestran una sociedad en plena transformación, marcada por el difícil equilibrio entre estabilidad política y demanda de cambios sociales.













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